Por nostalgia se muere el pez

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Ayer leí un articulo que decía si un salmón ha sido pescado en su propio hábitat, su carne será de color rosa. Por lo visto la explicación a eso es muy sencilla: durante su ciclo vital, los salmones salvajes se alimentan de camarones, pequeños crustáceos y krill. Esa alimentación es rica en una sustancia llamada astaxantina y al acumularse en los tejidos del animal, proporciona ese vivo color rosado.

Por otra parte, si ha sido criado en una piscifactoría, entonces el color de su carne será gris. Eso es debido a que los salmones criados en cautividad se les alimenta con piensos que incluyen aceite y pasta de pescados más pequeños, almidón de maíz, grasas animales o levadura y sojas transgénicas, pero en su dieta no aparecen crustáceos de cualquier tipo.

Entonces, ¿cómo se vuelve rosa? Pues, mediante suplementos alimenticios en la forma de cápsulas de astaxantina obtenida de cáscaras pulverizadas de crustáceos, o de otros compuestos sintetizados que provienen de productos petroquímicos.

Si te digo la verdad todo esto ya lo sabía antes de leer el artículo, y he de reconocer que hay prácticas “legales” que considero infinitamente peores que estas dentro de los sistemas productivos de las grandes industrias agroalimentarias. De hecho, tengo entendido que la suplementación con astaxantina en la dieta humana, lejos de ser dañino para el organismo es un potente antioxidante que combate el estrés oxidativo, y es muy beneficioso para la piel, vista, y la salud celular.

No obstante el tema me ha hecho sacar del baúl de los recuerdos una reseña que escribí hace algún tiempo que me gustaría compartir contigo. La he reeditado un poco, pero su esencia sigue estando intacta. Nunca fue publicado en este blog; aun así y por si lo hayas leído en alguna ocasión anterior, te pido disculpas de antemano por ser un poco pesado. Leer más

Cuando lo mejor se convierte en mediocre

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“Según terminé de revisar la letanía de noticas digitales de la semana, quedaba claro que tenía muchas razones para ir cruzando las puertas de algunos de los mejores establecimientos gastronómicos de mi ciudad. Un sin fin de metros cuadrados repartidos entre locales singulares, espacios con alma, ambientes de diseño, lugares con magia propia, música celestial, creatividad sin medida, estrellas Michelin, soles Repsol, y un sin fin de magníficos platos culinarios; todos asequibles y casi todos al alcance de mi bolsillo. Leer más

Carta abierta a las agencias de comunicación gastronómica

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Muy señores míos,

Acabo recibir una nota de prensa de ustedes que me invita a hacer eco de la llegada de “una renovada propuesta gastronómica fresca, casual, deliciosa y asequible, ideal para compartir entre amigos que consiste de una serie de ricas raciones y medias raciones muy pensadas para picotear entre amigos sin superar los 25-30 euros por persona”.

Bien, ahora sé que esta oferta existe y quizás (o quizás no) vaya al lugar en cuestión para ver que tal; pero a pesar de conocer las hazañas anteriores del chef que lo haya concebido y la pinta de algunos de los platos ofrecidos (las fotos podrían haber sido mejores), les transmito que no pienso recomendarlo a nadie sin antes haber probado bocado y comprobado el precio final (real) de lo mismo. Leer más

Filete a la Wellington

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Las sensaciones van abriéndose camino entre las miradas, que ausentes,despiertan bajo el calor de las luces ámbar, que inundan las avenidas, donde los sentimientos son cómplices del tiempo que se detiene en  pequeños roces, en gestos delicados, y abrazos que se entregan sin pudor. Leer más